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El oro no es romántico 🔥
El oro tiene una costumbre muy predecible: es como ese amigo que solo aparece cuando te dejas de tonterías y aceptas que la fiesta se ha ido de las manos.

Hola,
El oro tiene una costumbre muy predecible: es como ese amigo que solo aparece cuando te dejas de tonterías y aceptas que la fiesta se ha ido de las manos.
Nadie presume de un lingote en una cena mientras las acciones tecnológicas suben como la espuma. En esos momentos de euforia, el oro es el pariente aburrido al que nadie invita a la boda porque no sabe bailar (pobre, sé lo que se siente…).
Pero, ¡ah!, el oro siempre vuelve cuando la gente empieza a apretar los dientes.
Aparece cuando ese "todo está bajo control" que repiten los bancos centrales empieza a oler a chamusquina. Cuando las certezas se aflojan y te das cuenta de que el sistema financiero es un castillo de naipes y tú estás sentado cerca de la corriente de aire.
No nos engañemos: el oro no es moderno, ni innovador, ni emocionante. Es un trozo de metal pesado, antiguo y más soso que un domingo sin fútbol ni colegas.
Pero ahí está su belleza.
Al oro le dan igual los discursos políticos y los titulares optimistas. No necesita prometerte un mañana mejor ni venderte que es "el futuro de nada". El oro es la inversión de los que ya han cumplido suficientes años como para no creer en cuentos de hadas.
Incluso el inversor más sofisticado, ese que tiene algoritmos hasta para elegir el café, sabe que necesita un poco de este metal "aburrido". No es por amor al brillo, es por pura higiene mental.
El oro no dice "quiero ganar más", dice "no confío en el criterio de los que imprimen billetes". Es el termómetro que te confirma que, efectivamente, el ambiente está raro.
Menos mal que existe algo tan poco emocionante para salvarnos de nuestra propia estupidez cuando nos entra el pánico. ¿Y tú, ya inviertes en cosas aburridas?
Nos leemos (mientras el mundo sigue girando),
Elvira
Economía para Adultos